¿Qué harías si siguieras tus propios valores?

Vivimos rodeados de referencias constantes a los valores, todas las empresas dicen tener unos característicos. Incluso nosotros, como emprendedores, dedicamos todo un apartado a ellos en el Business Plan. Y, ¿qué es un valor? De las definiciones que conozco, la que más me convence es la que dice que es un principio fundamental de la persona, que marca su manera de ser y de estar en el mundo. Por tanto, eso nos conduce a pensar que los valores no son conceptos que estén fuera o por encima de nosotros sino, muy especialmente, son parte de los pilares de nuestra esencia.
Si yo te preguntara, ¿cuáles son tus valores?, ¿qué me contestarías? No tengas prisa en dar una respuesta. Descubrirlos no es algo inmediato, seguramente la respuesta te la darán no sólo la razón sino también el corazón porque nuestros valores no son algo que sólo conozcamos sino que, muy especialmente, sentimos. He aquí, una de sus primeras características: son sentimiento. Por eso son tan importantes para nosotros y queremos ser fieles a ellos porque, siendo coherentes con lo que sentimos, estamos bien.
Te propongo un par de maneras para acercarte a conocer tus valores. La primera consiste en que recuerdes una situación que haya sido muy especial para ti, que te haya movido por dentro… Cuando la tengas, detente en averiguar cuáles son aquellos valores que estaban presentes en ella. La segunda consiste en que recuerdes una o varias acciones que has llevado a cabo, de cualquier índole. Si ya las tienes, saca tu lupa de aumento y analiza con detalle qué valores subyacentes te movieron a realizar esas acciones. Ahí los tienes!
Elegimos con libertad nuestros valores. Nadie puede imponérnoslos si en nuestro corazón, no los hacemos nuestros. ¿Alguien se cree que si yo no fuera solidaria, empezaría a serlo porque alguien me dice: tú, sé solidaria? No nos engañemos…
Y, como ya habréis deducido, nos impulsan a la acción, a una “determinada” acción. De todas las posibilidades que existen, elijo una respuesta y no otra porque en mi decisión, de manera consciente o inconsciente, influyen mis valores.
Muchas personas opinan, yo entre ellas, que la crisis económica es fruto de una crisis de valores. Son valores como la soberbia, la codicia y el egoísmo los que han llevado a que muchos deban padecer las consecuencias de las acciones de unos cuantos. Ahora, para salir de la crisis, nos alientan a que hagamos nuestros valores como la austeridad, la calma y la confianza.
¿Y qué tiene que ver el emprendedor en esto? Muchísimo. Un emprendedor cuyos valores son los mismos o similares a aquellos que han propiciado la situación en la que todos estamos inmersos, difícilmente contribuirá a que las cosas sean distintas. La crisis hay que superarla, por supuesto, pero no para volver a estar igual sino para estar mejor en términos de bienestar no sólo material sino también emocional.
Por aquí y por allá se fomenta el emprendimiento, en especial el de empresas tecnológicas o científicas, con un fuerte potencial de crecimiento, que den trabajo al mayor número de personas, que sean competitivas (léase que compitan en costes al precio que sea y a costa de quien sea)… y no se hace referencia alguna a los necesarios valores de esos emprendedores para impulsar reales transformaciones en la sociedad. ¿De verdad podemos creer que así vamos a salir de la crisis? Sí, es posible… para, en unos años, caer en otra… algo que parece que se da por supuesto porque es algo cíclico… Me niego a creerlo.
Como persona emprendedora, si tienes un proyecto valioso para nuestra sociedad ¿qué harías si siguieras tus valores?, ¿en qué mundo te gustaría vivir? ¿y qué mundo te gustaría contribuir a construir?

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Mi mirada acerca de qué es y significa “emprender”

A nadie se le escapa que ahora emprender está en boca de muchos y en la intención de muchos otros. La crisis y la necesidad, el desempleo y la oportunidad, el hastío en trabajos anodinos y la ilusión de dedicarse a lo que apetece, hace que nunca como antes se dediquen artículos, formaciones y leyes a este sector de nuestra sociedad.

Recuerdo que yo ya había constituido una empresa cuando tomé conciencia de en qué consistía ser emprendedor y de que mi perfil encajaba en esa definición. Tuve la suerte de hacer cursos varios en programas diversos de diferentes escuelas de negocio y conocí qué era la Visión, Misión y los Valores, cuáles debían ser los trámites jurídicos de constitución, qué fiscalidad debía aplicarse, cuál era la legislación para la contratación de personal, el marketing para empaquetar, cómo determinar los precios y, sobre todo, cómo vender… para conseguir ingresos, sobrevivir, internacionalizarse y crecer… crecer más… seguir creciendo…

Con la experiencia de los años y el devenir de múltiples vivencias, he comprobado, verificado y sentido que emprender es mucho más que todo aquello, y que ese largo, desafiante y excitante proceso forma parte de la actitud que decidas tener ante la vida.

Afirmo, sin ningún género de duda, que todos los niños tienen ese talento innato para emprender. Lo hacen a través de sus iniciativas, sus juegos, sus interacciones… Confían en sí mismos, no les paraliza el miedo, son atrevidos, asumen riesgos y no cargan con las interpretaciones sobre la culpa, el error o el fracaso. Con el tiempo, esa naturalidad se pierde… o, más bien, nos ayudan a que la perdamos… y lo que, antes surgía de la espontaneidad, ahora debe nacer de una férrea voluntad.

Emprender es, principalmente, confiar en tus posibilidades, en lo que puedes hacer y en cómo puedes hacerlo, sabiendo que eres capaz de crear la realidad que has sido capaz de imaginar. El emprendedor dialoga consigo mismo, y con los otros, siempre desde la posibilidad, la creatividad, la ilusión y la esperanza, en lugar de hacerlo desde la limitación, la rigidez o el miedo. Quien se atreve a emprender no dice “lo intentaré” sino “lo haré”, asume sus responsabilidades y consigue que los obstáculos no lo derriben, pues contempla el mundo como un lugar repleto de oportunidades y a él mismo como protagonista de su realidad.

El emprendedor supera el desaliento que le provoca ver constantemente y en la mayoría de las ocasiones que las noticias insisten en enseñarnos lo peor de nosotros y de la sociedad que hemos construido. Porque él espera más de su vida, de la sociedad de la que forma parte y del mundo que habita. No sólo sabe, sino que siente y cree férreamente que existen otras posibilidades y que él puede contribuir a crearlas.

Y no sólo es emprendedor quien pone en marcha un negocio sino todo aquél que, esté en el lugar que éste, toma las riendas de su vida con el firme compromiso hacia sí mismo de liderarla y ser protagonista de cuanto le suceda.

Quien emprende une sus conocimientos, sus emociones y sus acciones para construir esa otra alternativa, ésa que forma parte de su sueño y que, lejos de considerar una utopía, define como alcanzable. Siente una enorme ilusión aunque no es un iluso. Le caracterizan su fe y esperanza aunque no es un ingenuo. Vive en un perfecto equilibrio entre el mundo que es y el mundo que sabe y siente que puede ser, construyendo puentes que otros no han visto todavía para pasar de uno a otro.

El emprendedor es un agente de cambio para sí mismo y, por ende, para la sociedad porque decide darse la oportunidad de creer y de crear.

Procura que el niño que fuiste no se avergüence nunca del adulto que eres

Me gustaría reconocer, en estas líneas, la autoría de esta frase a quien tuvo, en mi opinión, el ingenio de pronunciarla pero no recuerdo dónde la escuché o la leí. Vayan mis disculpas por adelantado si algún día el autor aterriza en este artículo.

En cuanto me llegó, lo primero que me pregunté fue: ¿qué opinión tendría, ahora, de mí la niña que fui? Y lo segundo que me vino a la mente fue la imagen de una antigua compañera del colegio. Esta amiga de la infancia era una niña tremendamente alegre, pizpireta, bromista hasta la saciedad y muy generosa. Todavía recuerdo, como si lo hubiera vivido ayer, cómo en el quiosco de enfrente del colegio, puntual cada día a las 5:05 pm se gastaba 100 pesetas para comprar 20 gominolas de fresa. De lunes a viernes, todos los meses escolares. Cuando pagaba al quiosquero sus 20 gominolas, se acercaba al grupo y una vorágine de pequeñas manos inundaba el cucurucho de golosinas. Tal vez ella alcanzaba a comer 2 ó 3 porque el resto las engullíamos sus compañeras que no teníamos la suerte de recibir esa paga diaria.

Pasaron los años y acabamos el colegio. Optamos por carreras diferentes aunque seguíamos viéndonos con asiduidad. Huelga decir que el cariño era intenso pues con sólo 30 años que teníamos, ya llevábamos más de 27 como amigas.

Si bien yo la quería no podía obviar que poco tenía ya que ver con aquella encantadora niña que fue. Seguía siendo bromista y divertida pero la dulzura de antaño se volvió brusquedad, la fuerza de voluntad, rigidez y la generosidad devino mezquindad. Cierto es que, según ella, excusas no le faltaban: le agobiaba el trabajo, su jefe era un déspota, tenía que pagar la abultada hipoteca de una enorme casa de 3 plantas que compartía sólo con su pastor alemán, soportaba innumerables horas extras porque las letras de un Audi justificaban cualquier esfuerzo…

No sé en qué momento ocurrieron todas estas transformaciones y, cómo habiendo sido yo testigo, no las vi hasta que fueron tan evidentes. Lo que sí sé es que si pudiera verse con los ojos de la niña que fue, seguramente se avergonzaría.

Tenemos tendencia a evaluarnos según la opinión que los demás tienen de nosotros, según aprecien más o menos nuestras cualidades y según nos alaguen más o menos. De esta manera le otorgamos a los demás una facultad que debería residir esencialmente en nosotros. Desde fuera, quienes conocían a mi amiga, sólo en su edad adulta, la tenían en alta estima: era espabilada, trabajaba sin poner límites, era ambiciosa, no tenía pelos en la lengua… Sé que ella no tenía la misma opinión de sí misma, sin embargo, en el alago de los demás encontraba la razón para seguir siendo como era.

No pretendo decir que las transformaciones desde la infancia a la madurez no deban acaecer o que siempre deriven a peor. Digo que debemos entregarnos a reconocer y proteger lo mejor que tenemos y que se expresa con auténtica naturalidad en la infancia. Digo que debemos dar valor a la opinión del niño que fuimos por encima del resto de adultos que nos rodean.

Si vas a emprender un negocio o una actividad, o ya estás en ello, ¿qué crees que opinaría y sentiría, si te viese, ese niño que fuiste y está durmiendo dentro de ti?, ¿estaría orgulloso de lo que haces y de en quién te has convertido o, por el contrario, se avergonzaría?