El sufrimiento se instala cuando le peleamos a la vida lo que no nos da y rechazamos lo que nos ofrece

Apuesto a que es muy posible que te reconozcas en esta afirmación: si deseas algo, luchas por ello y si, pese a ello, no lo consigues, a menudo te sientes mal, dudas de tus capacidades, te frustras y, por ello, sufres.
No dejo de sorprenderme al ver cómo todo en esta sociedad del bienestar exigimos que esté disponible para nosotros, cuando lo queramos y al precio que sea. Así se entiende el exceso de consumismo en bienes que no necesitamos, en estar explotando nuestro planeta y en no tener apenas ni un gramo de tolerancia a la frustración.
La infancia requiere una especial y cuidadísima protección pero eso no quiere decir que los padres deban claudicar a todos los deseos de sus hijos. Algunas veces he presenciado cómo niños escenificaban auténticas rabietas por no recibir lo que estaban pidiendo en ese momento y en sus condiciones. Algunos padres, por no oírles, ceden. Otros pierden la paciencia y, con ella, su papel de modelo. Y los últimos, los menos, se mantienen en su firmeza aunque sin herir al niño.
Emprender cualquier cosa en la vida requiere una gran dosis de esa tolerancia a no conseguir lo que uno desea y, pese a eso, no frustrarse ni culpar a otros sino perseverar y ver otras posibilidades que se abren a raíz de no obtener lo que se buscaba. De modo que si lo que deseamos es una sociedad que se defina a sí misma como emprendedora hay que analizar con mucho detenimiento la educación que reciben los niños, tanto dentro como fuera de la escuela. No basta con que los chicos tengan ideas, iniciativa e inteligencia. Eso es esencial pero no garantiza nada. De sobras está demostrado que quienes acaban teniendo éxito en sus proyectos son quienes lo intentan una y otra vez, quienes no se rinden y aquéllos que saben convivir con la negativa y la equivocación.
El sufrimiento proviene del juicio que se hace sobre un hecho determinado. Supongamos que acabo de tener una pelea con mi socio en la cual me ha dicho cosas que me han dolido. Y yo he hecho lo mismo. Además, hemos creado una situación tan tensa que me distrae y no me hace sentir a gusto trabajando con él. Si yo considero que esto que ha sucedido es horrible, que me ha insultado y que no se puede trabajar con él, voy a sufrir porque no acepto lo que ha sucedido y estoy empeñada en volver a la situación anterior en que estábamos bien. En el fondo, como reza el título de este artículo, le estoy peleando a la vida lo que no me está dando, que es la calma en esa relación con mi socio.
Si, por el contrario, exactamente en la misma situación, hago otra valoración que no es la anterior sino otra muy distinta y que tiene que ver con estar agradecida por haber podido darme cuenta de qué es lo que piensa de verdad mi socio sobre mí, haberle dicho lo que yo opino de él (aunque no con muy buenos modos) y haber liberado la verdad que estaba latente pero no se había manifestado, se abren nuevas alternativas que, si bien no eliminan la tristeza que puedo sentir por la situación, sí hacen desaparecer el sufrimiento. Si esta vez no peleo por no tener calma sino que acepto lo que me ofrece lo que ha sucedido, esas opciones nuevas que han aparecido y, en lugar de lamentar lo que he perdido, me alegro por lo que he recibido, a buen seguro me sentiré mucho mejor.
La persona emprendedora que pelea a la vida, que la lucha, que no fluye, que se lamenta y sufre debería entrenar su capacidad para vislumbrar esas otras alternativas que existen tras no conseguir lo que uno desea y que, si se abre a ellas, le garantizarán no sólo más posibilidades de buscar otros caminos para llegar a lo que quiere sino mucho mayor bienestar personal.

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