El emprendedor es un niño curioso

Hace unos días me ocurrió algo que me hizo reflexionar. Estaba parada en un semáforo en rojo. En el paso de peatones, un padre se las ingeniaba para controlar a sus dos hijos. Mientras sentaba en la sillita al más pequeño, el que era algo más grande (calculo que rondaría los 8 años) se me acercó y me preguntó “¿Por qué llevas un bolso verde?”. Quizá el motivo de su curiosidad, mi bolso, sí me llamó la atención pero lo que no me sorprendió fue ese desparpajo y ese interés que tienen l@ niños hacia el mundo que les rodea.

Estaba contestándole cuando el padre se acercó y, antes de dirigirse a mí, advirtió a su hijo de que no podía ir por ahí preguntando a la gente sobre cosas, que podía molestar. Por supuesto le contesté que para mí no era una molestia y, mirando al niño, le dije que, al contrario, me gustaba mucho que tuviera esa curiosidad y acabé de darle la respuesta.

Subieron al coche y se fueron. Seguramente poco importará en la educación de ese niño que yo le dijera que agradecía su curiosidad porque quien es el máximo responsable de su educación le está inculcando otra creencia: “no seas curioso, no preguntes”, por tanto, “quédate con la duda”.

Estoy convencida de que no hay ninguna mala intención en ese progenitor, simplemente una gran ignorancia hacia lo importante que es el desarrollo de la curiosidad de su hijo para convertirlo en un adulto igual de curioso, un adulto que se preguntará el porqué y buscará las respuestas. Si ese niño sigue recibiendo esos mensajes dejará de preguntar y, quizá, hasta olvidará de preguntarse a sí mismo. Y sin preguntas no hay emprendimiento porque l@s emprendedor@s quieren dar respuestas a las necesidades y, para eso, antes deben hacerse preguntas.

Si alguien está pensando que es posible que la intención del padre era enseñar buenos modales a su hijo, puedo asegurar que el niño fue muy correcto. Y si, aún así, hay alguien que insiste en que abordar a alguien por la calle no es de buena educación, entonces le contestaré que de acuerdo, que entonces el padre lo que tiene que enseñarle es el “cómo” no el “que”.

Tod@s hemos sido niñ@s y, pese a nuestros trajes, ipads, móviles, ocupaciones y responsabilidades, seguimos teniendo dentro a es@s niñ@s, sólo hay que detenerse un ratito y mirar hacia adentro para encontrar nuestra curiosidad innata. Si decidimos recuperarla nos reencontraremos con la sorpresa y el entusiasmo.
Desde ahí, emprender es siempre mucho más fácil y gratificante.

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Procura que el niño que fuiste no se avergüence nunca del adulto que eres

Me gustaría reconocer, en estas líneas, la autoría de esta frase a quien tuvo, en mi opinión, el ingenio de pronunciarla pero no recuerdo dónde la escuché o la leí. Vayan mis disculpas por adelantado si algún día el autor aterriza en este artículo.

En cuanto me llegó, lo primero que me pregunté fue: ¿qué opinión tendría, ahora, de mí la niña que fui? Y lo segundo que me vino a la mente fue la imagen de una antigua compañera del colegio. Esta amiga de la infancia era una niña tremendamente alegre, pizpireta, bromista hasta la saciedad y muy generosa. Todavía recuerdo, como si lo hubiera vivido ayer, cómo en el quiosco de enfrente del colegio, puntual cada día a las 5:05 pm se gastaba 100 pesetas para comprar 20 gominolas de fresa. De lunes a viernes, todos los meses escolares. Cuando pagaba al quiosquero sus 20 gominolas, se acercaba al grupo y una vorágine de pequeñas manos inundaba el cucurucho de golosinas. Tal vez ella alcanzaba a comer 2 ó 3 porque el resto las engullíamos sus compañeras que no teníamos la suerte de recibir esa paga diaria.

Pasaron los años y acabamos el colegio. Optamos por carreras diferentes aunque seguíamos viéndonos con asiduidad. Huelga decir que el cariño era intenso pues con sólo 30 años que teníamos, ya llevábamos más de 27 como amigas.

Si bien yo la quería no podía obviar que poco tenía ya que ver con aquella encantadora niña que fue. Seguía siendo bromista y divertida pero la dulzura de antaño se volvió brusquedad, la fuerza de voluntad, rigidez y la generosidad devino mezquindad. Cierto es que, según ella, excusas no le faltaban: le agobiaba el trabajo, su jefe era un déspota, tenía que pagar la abultada hipoteca de una enorme casa de 3 plantas que compartía sólo con su pastor alemán, soportaba innumerables horas extras porque las letras de un Audi justificaban cualquier esfuerzo…

No sé en qué momento ocurrieron todas estas transformaciones y, cómo habiendo sido yo testigo, no las vi hasta que fueron tan evidentes. Lo que sí sé es que si pudiera verse con los ojos de la niña que fue, seguramente se avergonzaría.

Tenemos tendencia a evaluarnos según la opinión que los demás tienen de nosotros, según aprecien más o menos nuestras cualidades y según nos alaguen más o menos. De esta manera le otorgamos a los demás una facultad que debería residir esencialmente en nosotros. Desde fuera, quienes conocían a mi amiga, sólo en su edad adulta, la tenían en alta estima: era espabilada, trabajaba sin poner límites, era ambiciosa, no tenía pelos en la lengua… Sé que ella no tenía la misma opinión de sí misma, sin embargo, en el alago de los demás encontraba la razón para seguir siendo como era.

No pretendo decir que las transformaciones desde la infancia a la madurez no deban acaecer o que siempre deriven a peor. Digo que debemos entregarnos a reconocer y proteger lo mejor que tenemos y que se expresa con auténtica naturalidad en la infancia. Digo que debemos dar valor a la opinión del niño que fuimos por encima del resto de adultos que nos rodean.

Si vas a emprender un negocio o una actividad, o ya estás en ello, ¿qué crees que opinaría y sentiría, si te viese, ese niño que fuiste y está durmiendo dentro de ti?, ¿estaría orgulloso de lo que haces y de en quién te has convertido o, por el contrario, se avergonzaría?