El PP, la conciencia y la actividad emprendedora

Pongo por delante lo siguiente: si bien soy consciente de que en el título de este post nombro al PP lo hago por un hecho puntual. Lo cierto es que no soy demasiado afín ni al color azul ni al rojo, tampoco al violeta ni naranja… en fin, que no está en mi ánimo cargar contra todo un partido político ni contra todos los que forman parte de él o sus votantes…

Sin embargo, están aquí por lo siguiente: hace poco se votó la ley del aborto y, de todo el revuelo que esa votación generó, me quedo con lo siguiente: el PP prohibió a sus diputados votar “en conciencia”. Me resulta tremendamente chocante que pidas a alguien que no actúe siguiendo su conciencia porque lo que le estás pidiendo es que vaya en contra de sí mismo, de sus valores, de sus creencias, de aquello en lo que más cree y que, en parte, lo conforma como persona singular.

Eso me lleva a la reflexión siguiente: ¿qué puedo esperar de mis dirigentes políticos si piden no seguir (y ellos están dispuestos a obedecer esa imposición) la conciencia? Quizá eso explique algo del ingente alud de corrupciones y corruptelas que invaden a muchos de esos colores políticos. Es normal que si no “exiges” ser fiel a tus valores, te encuentres con sorpresas desagradables. Es lógico que, si ni siquiera eres fiel a ti mismo, menos lo seas con otros…

Por si fuera poco, dado que por mucho que uno pida está en nuestras manos hacer caso o no de esa petición, advirtieron: si votas en conciencia, serás castigado. ¿De verdad que en nuestra sociedad esto no ha generado más debate? Es claro el mensaje: ve en contra de tus principios porque si los sigues te castigarán.

Elogio a quienes siguieron su conciencia, aunque pueda no estar de acuerdo con lo que esa conciencia les decía. Pero admiro su coraje, su determinación y su lealtad a lo más sagrado que tienen: sus valores y su identidad.

Queremos una sociedad sana, emprendedora, solidaria. ¿Deberían los emprendedores seguir su conciencia?, ¿desearíamos que fueran sus valores los pilares de su actividad y de su aporte a la sociedad? ¿queremos emprendedores y empresarios alejados de su conciencia? No. Casos tenemos también de qué consecuencias conlleva el contar con esta suerte de personas en nuestra sociedad…

Es más, ¿qué sentido tiene educar a los niños en ciertos valores que luego quizá alguien les pida que traicione?

Captura de pantalla 2015-04-22 a las 15.42.02

Anuncios

La degeneración del propósito superior de la farmacéutica del Sovaldi

Quiero reflexionar sobre un tema que afecta a muchos países del mundo: el precio del fármaco Sovaldi. Por si alguien no sabe de qué va, haré un brevísimo resumen: la farmacéutica Gilead tiene la patente del primer medicamento que cura en un 90% los casos de hepatitis C: el llamado Sovaldi. Es el remedio más eficaz para los enfermos y, por eso, Gilead ha establecido unos precios que, en mi opinión y en la de millones de personas, son absolutamente abusivos: un tratamiento puede llegar a costar unos 40.000€ en España o más 80.000€ en EEUU.

Más allá de todas las repercusiones sociales que esto ha creado en los gobiernos (y en su responsabilidad en este tema) de los diferentes países que quieren acceder a este medicamento para ofrecerlo a sus ciudadanos enfermos, a mí hay algo que me llama poderosamente la atención y sobre lo que quiero reflexionar en este espacio dedicado al emprendimiento.

En mi trayectoria he tenido la oportunidad de conocer a cientos de emprendedores, algunos de ellos dedicados al sector farmacéutico. Nunca llegué a entender muy bien sus productos porque sus explicaciones siempre eran muy científicas e incomprensibles para mí. Pero sí recuerdo con claridad 2 aspectos: el primero era que los plazos para llegar a comercializar un medicamento son muy largos y, en parte por eso, los costes muy elevados. El segundo punto que recuerdo a la perfección es la definición de la misión que tenían con su proyecto: salvar vidas. Yo los escuchaba y admiraba porque es un fin loable. Quien quiere tirar adelante un proyecto para convertirlo en un negocio lo hace, principalmente, porque quiere aportar un valor a la sociedad. Y cuando ese valor se materializa, el emprendedor obtiene a cambio un rendimiento económico.

Todo emprendedor quiere aportar valor a la sociedad y quienes se dedican al emprendimiento en sectores relacionados con la salud, siempre apuntan a que su deseo es precisamente ése, aportar salud a los enfermos.

Antes de escribir este artículo he tenido la curiosidad de entrar en la web de Gilead y, efectivamente, así lo manifiestan ellos también: quieren mejorar la vida de los enfermos “improving lives”… Viendo como actúan, creo que se les ha olvidado añadir “only for rich people”.
Me pregunto en qué momento empezó la degeneración de ese loable propósito con el que los emprendedores la crearon. Muy probablemente cuando entró capital en la compañía y, si bien continuaron con su actividad, desvirtuaron su esencia para reducirla a balances, cuentas de explotación y beneficios.

¿Estoy insinuando que regalen el medicamento? Por supuesto que no! Lo que digo es que existe la posibilidad de establecer otro tipo de precio, ése que conecta el dinero con el valor y el propósito superior: mejorar y salvar vidas. El que hay ahora sólo conecta el dinero con los accionistas: recibirán más dividendos. Estoy segura de que si decidieran modificarlo, aún así, sus accionistas recibirían dividendos (claro que menos pero seguirían teniendo).

Para mí la vida está por encima del dinero y cada día oigo en las noticias que personas mueren de hepatitis C pudiendo haberse evitado esos fallecimientos. Gilead lo sabe y sigue con su política de inflexión. Deberían saber también que tener en tu mano la pastilla que salva vidas y no ofrecerla, al menos en mi opinión, te convierte en tan homicida como quien empuña un arma.

“El alma de la empresa, si la tuvo, comienza a morir el mismo día en que su objetivo principal se convierte en ganar dinero” (Richard Barret)

La Roja por la puerta de atrás. Mal ejemplo para los emprendedores

Ayer aterrizó en Madrid el avión que traía de vuelta a los jugadores de La Roja tras su participación en el Mundial de futbol de Brasil. En el aeropuerto se dieron cita un grupo de incondicionales aficionados vestidos con las camisetas de la selección nacional, con banderas de España, abalorios diversos con los colores rojo y amarillo y, sobre todo, pancartas con palabras de ánimo y apoyo.

La finalidad de esas personas -según manifestaron ellas mismas en diversos medios de comunicación- era, de un lado, demostrar que pese a la decepción que se habían llevado por los malos resultados cosechados en el evento deportivo, seguían apoyándoles y confiando en que más adelante llegarían resultados más positivos. De otro lado, su presencia en el aeropuerto implicaba un reconocimiento a todas las satisfacciones que, en otras competiciones, esa selección había sido capaz de darles.

No obstante, la selección española optó por no tomar la salida principal sino dejar el aeropuerto por la salida de atrás dando, de esta manera, esquinazo a esos seguidores.

En este punto, quien haya llegado a este blog que trata sobre el emprendimiento se puede estar preguntando, ¿y qué tiene que ver esto con emprender? Pues deja que te conteste: mucho. Y se puede resumir en una de las frases que comentó una de las aficionadas que había acudido al aeropuerto con su hijo: “En la vida, unas veces se pierde y otras se gana. Y cuando se pierde es cuando hay que seguir demostrando apoyo”.

Ya he dicho en otras ocasiones que emprender es mucho más que crear empresas, es enfrentarse a la vida (opinión que comparto con José Antonio Marina) y el mensaje que ayer dieron todos aquellos que decidieron salir por la puerta de atrás fue que ante el fracaso, uno debe sentirse avergonzado, bajar la cabeza y esconderse. En mi opinión, muy mal ejemplo para quien se atreve a hacer cosas, que se la “juega” y que, pese a eso, no consigue sus metas. Esa persona debe levantar la cabeza, asumir su responsabilidad y dejar un ratito de lado su dolor y egoísmo para recibir la generosidad en forma de afecto y apoyo de quien reconoce su trabajo, aun cuando éste no ha sido el esperado. Así podrá crecer como profesional y como persona.

La relevancia mediática de todos esos jugadores y equipo técnico es enorme, por eso lamento de verdad que, con su ejemplo, no hayan demostrado que a la derrota se le da la cara porque nos trae un aprendizaje. Y a quienes confían en nosotros también, porque nos ayudan a ser mejores.

Mea Culpa

En mi opinión, la asunción de responsabilidad es esencial en la vida de aquella persona que quiere ser emprendedora. Y básicamente lo es porque quien nunca es responsable de nada, se considera víctima de todo y cree que es imposible que las cosas sean distintas porque no dependen de su persona.

Me he encontrado con un elevado número de personas que creen que merecen otra cosa (mejor, por supuesto) y que esperan que el devenir de los acontecimientos (cambio de políticos, avances en la sociedad, subida de sueldo, que los niños crezcan…) les ofrezca, por fin, lo que tanto anhelan.

Pero todavía me sorprende más darme cuenta de que su única actividad, en este sentido, consiste en esperar. Ya es bien sabio el refranero al decir “quien espera, desespera”.
Y, entre tanto desespero, es lógico que aparezcan la impaciencia, la frustración, la angustia, el estrés…

Creo que el origen de tales comportamientos se encuentra en la infancia y en cómo se educa el valor de la responsabilidad. La responsabilidad en un niño va mucho más allá de enseñarle a ordenar su habitación, inculcarle hacer los deberes o recoger sus juguetes. La responsabilidad tiene que ver con mostrarle que debe ser “directamente responsable” de las consecuencias de sus actos.

Me vienen a la cabeza dos acontecimientos que viví en tercera persona y que me llevaron a concluir la afirmación anterior.

El primero de ellos sucedió el día en que vi cómo un niño, de alrededor de 2 años de edad, corriendo por entre las mesas de un concurrido restaurante, a punto de alcanzar la mesa de sus padres, tropezó y se golpeó con la mesa. La madre, auxiliadora, corrió a calmarle ante los gritos desgarradores del niño. Lo cierto es que lo consiguió con sorprendente rapidez. Y lo que hizo esa madre a continuación fue decir “mesa mala, mesa mala” mientras golpeaba la mesa y sonreía a su hijo.

No alcanzo a ver qué responsabilidad debía tener la mesa en la caída. En mi opinión ninguna, desde luego. El niño sonrió también, quizá porque se sentía liberado… él no había tenido la culpa de caerse, era de la mesa. Ése es el aprendizaje que le estaba enseñando su madre. Por tanto, desde ya, ese niño estaba aprendiendo que la responsabilidad se encontraba fuera de él. Si, en lugar de eso, el adulto le hubiera pedido más cuidado haciéndole ver que la caída era consecuencia de su prisa y por correr, en ese momento, seguro que no habría cambiado nada pero en el futuro de ese niño como adulto, presiento que las cosas serían radicalmente distintas.

La otra experiencia aconteció en casa de unos familiares. Un par de hermanos, de 4 años el niño y 8 la niña, estaban jugando en presencia del padre y los abuelos. La niña agarró una canica y se la lanzó al hermano que, al poco de recibir el golpe en la cabeza, empiezó a mostrarnos un chichón de medidas considerables. La hermana se quedó parada, callada, con cara de circunstancias porque imagino que sabía la enorme bronca que le iba a llegar a continuación. No se equivocaba. El padre la amonestó con contundencia durante un buen rato. Entretanto, le pidió a su madre (o sea, la abuela de la niña) que trajese hielo para disminuir el chichón del niño. Mientras la abuela intentaba reparar, en la medida de lo posible, el daño causado por la hermana, ésta seguía recibiendo una buena reprimenda.

Enseñanza: si haces mal las cosas y eres culpable del daño, recibirás una bronca… sin embargo, otros (la abuela) se encargarán de repararlas. ¿No creéis que si el padre hubiera, más allá de recriminar el comportamiento de su hija, dejado que fuera la propia niña quien le pusiera el hielo al hermano, le estaría enseñando también que debe responsabilizarse de lo que ha hecho?

Éstos son sólo dos de los muchos casos que percibo a diario. Por tanto, si de pequeños muchos hemos recibido esta educación y de adultos no hemos sabido o podido todavía darnos cuenta de ello, no me sorprende que de mayores creamos que nuestras responsabilidades básicas son ir a trabajar, cumplir horarios, criar a nuestros hijos y reciclar (entre otras por supuesto) y no otras que tienen una repercusión mucho más vital en lo que nos sucede.

El fracaso es sólo un juicio sobre los resultados a corto plazo

Si nos preguntamos qué es el fracaso, seguramente la respuesta que nos surge de forma espontánea es aseverar “el fracaso es no conseguir lo que te habías propuesto”. Ése me atrevería a asegurar que es el principal baremo sobre el que nos decidimos a definir cuándo una iniciativa personal o profesional es un éxito o un fracaso: la consecución del cumplimiento de nuestras expectativas.

Sin embargo, si somos capaces de convivir con el malestar que nos causa el no haber conseguido lo que esperábamos o queríamos, podemos profundizar más en lo que esconde ese fracaso convirtiéndolo en un éxito para el aprendizaje y nuestro desarrollo personal y profesional.

Lo cierto es que resulta difícil hacer esa conversión por varios motivos: primero, porque como ya he dicho, uno se siente muy incómodo, triste, abatido y frustrado con el fracaso así que intenta apartarlo a manotazos, olvidarlo, esconderlo ante sí y ante los demás; segundo, porque los que nos rodean también intentan que nos olvidemos de él, restarle importancia, empujarnos a seguir adelante sin detenernos en sentir y vivir esa incomodidad que nos está “diciendo” cosas y, por último, porque supone enfrentarse a una parte de sí mismo que, según nuestras creencias, pone en tela de juicio nuestra valía y autoestima.

Es curioso ver cómo, si bien cualquiera reconoce el valor que puede aportar el fracaso, siempre que se organizan foros, seminarios, clases magistrales… para emprendedores sólo se invita a personas que han conseguido alcanzar el éxito. ¿Cuál es, entonces, el mensaje que están transmitiendo a través de esas invitaciones? Justo el contrario al que están predicando.

Esta sociedad pretende imponernos un ritmo tan acelerado que, con frecuencia, nos conduce a sobrevalorar lo que podemos hacer en unos meses e infravalorar lo que podemos hacer en 1 ó más años. Ten por seguro que si no consigues poner en marcha tu empresa en 6 meses, no has fracasado; si no consigues acelerarla en otros 6 meses tampoco has fracasado; si no alcanzas la facturación de centenares de miles de euros que te habían dicho que tu negocio debería acumular, no has fracasado. Simplemente debes abrir el horizonte de tu visión y conocer tu propio ritmo y el de tu proyecto. No dejes que otros te lo impongan ni juzguen tu valía por no cumplir los plazos. Como reza el post de este artículo, el fracaso es sólo un juicio de los resultados a corto plazo.

Tras estrepitosos fracasos pueden venir gloriosos éxitos que han sido posibles precisamente por haber cometido con anterioridad errores y haber sabido procesar y depurar el aprendizaje implícito. Si te equivocas, tal vez te ayude aplicar estos principios:

– No busques culpables ajenos a ti. ¿Qué de lo que tú has hecho ha contribuido a ese fracaso?
– ¿Qué has aprendido?
– ¿Qué harás de manera diferente la próxima vez?
– ¿De qué manera vas a continuar? ¿Cuáles son tus siguientes pasos?

Si te focalizas en lamentarte caerás en el pozo de la culpa, el resentimiento y la inacción. Si, por el contrario, te centras en lo aprendido y en la posibilidad de aplicarlo en tus acciones futuras, rápidamente cobrarás de nuevo la confianza en ti mismo, en tus capacidades y en tu proyecto.

He conocido a emprendedores de ésos que son alabados por su éxito porque han levantado empresas que se han consolidado en el mercado con un gran número de trabajadores y una facturación muy suculenta. Algunos de esos mismos emprendedores, en “petit comité” se reconocían desbordados, estresados, presionados, angustiados, lamentaban haber abandonado su vida personal, haber perdido amigos, no vivir el día a día con sus hijos pequeños, y todo para conseguir el preciado éxito y ser aplaudidos. Se sentían atrapados en una rueda de compromisos y expectativas (propias y de terceros) de las que se veían incapaces de salir. Por supuesto no a todos les pasa pero, ¿creéis que a los que sí les ocurre son personas de éxito?

El tiempo va conformando en mí la definición de que el éxito es vivir la vida de manera que seas capaz de disfrutar de manera equilibrada de lo que te hace feliz, acompañado de las personas que te quieren y a las que tú quieres y siguiendo tus principios. Sólo si no consigues esto, habrás fracasado.