No me río

Aprovechando que este mes es el día del libro, nos impactan con novedades editoriales. Una me llamó especialmente la atención y lo hizo por dos motivos: primero porque fue protagonista de un espacio en el telediario y, segundo, por su temática.

El libro, escrito por una farmacéutica, es una especie de colección de chascarrillos sobre estrambóticas situaciones que esta farmacéutica se ha encontrado a lo largo de su carrera y que van desde la señora que, cada semana, le llevaba las lentejas para que probase si estaban bien de sal ya que tenía la tensión alta hasta el señor que se ató los supositorios a la cintura porque le dolían los riñones y así los tenía cerca del foco del dolor.

Supuestamente esto hace gracia, al menos se lo hacía a la farmacéutica quien contaba las anécdotas aguantándose la risa y le parecía divertido también a la presentadora del telediario que también sonreía por las ocurrencias.

Tal vez en un nivel superficial nos haga sonreír pero, en un nivel algo más profundo, cuando el humor no surge de la ocurrencia, el ingenio o la inteligencia sino de la profunda ignorancia, para mí no es motivo de risa (que, en el fondo, lleva encubierto algo de burla) sino de tristeza.

Un país como España que quiere abanderar la educación emprendedora no puede permitirse una televisión pública con noticias de este calibre. La noticia debería estar en qué hacemos para erradicar de nuestros ciudadanos estas situaciones de desconocimiento, ignorancia y falta de información, en cómo vamos a educar a nuestros niños para que realmente consigamos personas más preparadas y autónomas.

Esa noticia quizás sí debería estar en el telediario pero como una señal de alerta, no como una promoción editorial.

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La degeneración del propósito superior de la farmacéutica del Sovaldi

Quiero reflexionar sobre un tema que afecta a muchos países del mundo: el precio del fármaco Sovaldi. Por si alguien no sabe de qué va, haré un brevísimo resumen: la farmacéutica Gilead tiene la patente del primer medicamento que cura en un 90% los casos de hepatitis C: el llamado Sovaldi. Es el remedio más eficaz para los enfermos y, por eso, Gilead ha establecido unos precios que, en mi opinión y en la de millones de personas, son absolutamente abusivos: un tratamiento puede llegar a costar unos 40.000€ en España o más 80.000€ en EEUU.

Más allá de todas las repercusiones sociales que esto ha creado en los gobiernos (y en su responsabilidad en este tema) de los diferentes países que quieren acceder a este medicamento para ofrecerlo a sus ciudadanos enfermos, a mí hay algo que me llama poderosamente la atención y sobre lo que quiero reflexionar en este espacio dedicado al emprendimiento.

En mi trayectoria he tenido la oportunidad de conocer a cientos de emprendedores, algunos de ellos dedicados al sector farmacéutico. Nunca llegué a entender muy bien sus productos porque sus explicaciones siempre eran muy científicas e incomprensibles para mí. Pero sí recuerdo con claridad 2 aspectos: el primero era que los plazos para llegar a comercializar un medicamento son muy largos y, en parte por eso, los costes muy elevados. El segundo punto que recuerdo a la perfección es la definición de la misión que tenían con su proyecto: salvar vidas. Yo los escuchaba y admiraba porque es un fin loable. Quien quiere tirar adelante un proyecto para convertirlo en un negocio lo hace, principalmente, porque quiere aportar un valor a la sociedad. Y cuando ese valor se materializa, el emprendedor obtiene a cambio un rendimiento económico.

Todo emprendedor quiere aportar valor a la sociedad y quienes se dedican al emprendimiento en sectores relacionados con la salud, siempre apuntan a que su deseo es precisamente ése, aportar salud a los enfermos.

Antes de escribir este artículo he tenido la curiosidad de entrar en la web de Gilead y, efectivamente, así lo manifiestan ellos también: quieren mejorar la vida de los enfermos “improving lives”… Viendo como actúan, creo que se les ha olvidado añadir “only for rich people”.
Me pregunto en qué momento empezó la degeneración de ese loable propósito con el que los emprendedores la crearon. Muy probablemente cuando entró capital en la compañía y, si bien continuaron con su actividad, desvirtuaron su esencia para reducirla a balances, cuentas de explotación y beneficios.

¿Estoy insinuando que regalen el medicamento? Por supuesto que no! Lo que digo es que existe la posibilidad de establecer otro tipo de precio, ése que conecta el dinero con el valor y el propósito superior: mejorar y salvar vidas. El que hay ahora sólo conecta el dinero con los accionistas: recibirán más dividendos. Estoy segura de que si decidieran modificarlo, aún así, sus accionistas recibirían dividendos (claro que menos pero seguirían teniendo).

Para mí la vida está por encima del dinero y cada día oigo en las noticias que personas mueren de hepatitis C pudiendo haberse evitado esos fallecimientos. Gilead lo sabe y sigue con su política de inflexión. Deberían saber también que tener en tu mano la pastilla que salva vidas y no ofrecerla, al menos en mi opinión, te convierte en tan homicida como quien empuña un arma.

“El alma de la empresa, si la tuvo, comienza a morir el mismo día en que su objetivo principal se convierte en ganar dinero” (Richard Barret)

Nico el Emprendedor

Estoy absolutamente convencida de que las habilidades, actitudes y conocimientos que componen el talento emprendedor se empiezan a cultivar cuando se es niño. Y que, en esa etapa, el papel del adulto es esencial. Por eso llevo soy autora en un proyecto de cuentos infantiles titulado Nico el Emprendedor en el que, a través de cada cuento, se transmite un valor necesario para “emprender” en la vida. Cada cuento incluye, al final, una guía destinada para padres y educadores con la finalidad de que les ayude a extraer los aprendizajes del relato y puedan aplicarlos en su vida diaria.

El primero de los cuentos que esperamos publicar en digital en breve se titula “Sí Puedo!” y está ilustrado por Mario Pereda y prologado por José Antonio Marina, experto internacional en educación y emprendimiento.

Si quieres conocer más acerca del proyecto y cuestiones relacionadas con el emprendimiento en niños, puedes hacerlo en esta página de Facebook dedicada a Nico el Emprendedor:

https://www.facebook.com/pages/Nico-el-Emprendedor/1374302446171006

La felicidad del emprendedor

Llevaba tiempo con ganas de escribir este post por la importancia que creo que tiene un tema como éste y, si bien me rondaba desde hacía meses por la cabeza, he tardado en encontrar el momento de ponerme delante de las teclas…

Mi interés por la felicidad del emprendedor aumentó el día en que, sentada en el sofá, viendo un programa en la televisión pública española dedicado a poner en competición a los emprendedores para conseguir el beneplácito de los inversores, me sorprendieron las declaraciones de una de las “concursantes emprendedoras”. He visionado de nuevo el programa en Internet así que las palabras que pronunció esta emprendedora son tal cual las copio a continuación: “Me gustaría que mi hijo tuviera un estilo de vida totalmente diferente al mío. Me gustaría que mi hijo fuera feliz. Yo sé que nunca voy a ser feliz. Voy a hipotecar mi vida, la de mi marido, la de mi hijo 5 años y luego los voy a exprimir al máximo”.

Wow!! ¿qué te hace sentir una persona que reconoce que no es feliz, que habla de hipotecar su vida y la de sus seres más queridos durante 5 años? Me pregunto qué le mueve a esta mujer en la vida para aplazar lo mejor que ésta nos ofrece que es la felicidad y cómo piensa recuperar lo que no va a vivir con su hijo desde los 5 hasta los 10 años.

No sólo el contenido sino también la convicción con las que fueron pronunciadas no me dejaron indiferente. Me provocaron, sobre todo, mucha tristeza por ver la oportunidad de ser feliz desperdiciada y, especialmente, por estar dispuesta a sacrificar la de tu hijo.

No obstante, todavía hay algo más grave que me dejó atónita: que nadie, absolutamente nadie de los que formaban parte de ese programa diera la voz de alarma y sugiriera un alto en el camino para analizar qué estaba pasando, si era necesario ese estilo de vida y si, más allá de ser necesario, era sano. Por el contrario, el programa continuó su recorrido y, en lugar de ofrecer un espacio a esa mujer que tanta paz y reflexión requería, le enseñaron a construir un buen elevator pitch. De nuevo una muestra más de que los conocimientos “hard” están sobrevalorados y, en cambio, otros considerados más “soft” como la inteligencia emocional, se infravaloran.

En nuestra sociedad estamos acostumbrados a medir el éxito por lo que se ve. En el caso de un emprendedor valoramos que haya puesto en marcha la empresa, que haya contratado personal, que disponga de un buen local, que tenga clientes… pero, ¿qué valor le damos a que consiga ser feliz?

Es evidente que si tú no eres feliz, es imposible que consigas que los de tu alrededor lo sean. En el caso de esta mujer, que hablaba de hipotecar no sólo su propia felicidad sino también la de su marido y la de su hijo, también salpicaba a sus padres que reconocían estar preocupados por ella y por ver cómo ésta trataba a su nieto “como un paquete que lleva de aquí para allá”, a sus amigos y, cómo, no ¡¡a sus trabajadores!! Éstos, entre dientes, hablaban de su dureza, de su exigencia… Normal. Quien no es feliz no va a procurar que los que están a su lado lo sean.

Sorprende cuando vemos lugares de este mundo en que las personas apenas tienen lo básico para vivir y, sin embargo, se reconocen abiertamente felices.

¿Qué nos lleva entonces a poner por encima de todo lo material? ¿Qué modelo de sociedad queremos construir como emprendedores? ¿qué ejemplo estamos dispuestos a transmitir? ¿para qué estamos en esta vida sino es para ser felices?

Cada uno elige su estilo de vida y forma parte del mío respetar las opiniones y deseos del otro, sin embargo, si tuviera a esa mujer delante me atrevería a preguntarle: ¿para qué quieres sacar una empresa adelante si no te hace feliz?

Precisamente el emprendedor es perseverante, fuerte, apasionado, resiliente… porque es feliz haciendo lo que hace y cree que puede contribuir al bienestar y felicidad de otros. De otro modo, ¿qué interés tiene que sigas haciendo lo que haces?