¡Fuera de aquí!

Imagínate que estás en el sofá de tu casa, viendo en la tele el programa que te gusta, comiéndote un helado de tu sabor preferido, con el pijama y bien calentito. ¿Te apetecería salir de casa? Aunque sepas que sólo saliendo de ella encontrarás nuevas experiencias y aventuras, la verdad es que a la mayoría nos da pereza. Eso es porque estamos muy acostumbrados y a gusto en lo que se llama nuestra “zona de confort”, ese espacio que conocemos, dominamos y en el que nos sentimos cómodos y protegidos.

Sin embargo esa cálida zona tiene un inconveniente: limita el aprendizaje. Es cierto que, dentro de ella, podemos aprender. Pero lo que aprenderemos será parecido a lo que ya sabemos, la gente a la que podremos conocer será de un círculo muy reducido y las experiencias serán todas muy similares entre sí.
Para aprender cosas muy distintas, encontrar a gente diversa y disfrutar de experiencias diferentes, tenemos que quitarnos los calcetines y disponernos a salir de nuestra zona de confort.

Un emprendedor, al igual que cualquier persona, también se siente a gusto con lo que ya conoce pero está dispuesto a arriesgar no sólo en términos económicos sino también cualitativos, es decir, se dispone a traspasar lo conocido para adentrarse en la incertidumbre en busca de “algo” que espera que sea mejor para él/ella.

Y, aunque esa zona está repleta de interrogantes, lugares y personas desconocidas, nos invita a aprender más de nosotros mismos. Desafía nuestros límites y, si conseguimos resistir el deseo de volver a nuestra zona de confort, nos premia. Y lo hace enriqueciéndonos como personas y profesionales.

Además, con el tiempo, esa zona antes desconocida se convierte en una nueva zona de confort. Y, de nuevo, como emprendedor seguimos avanzando conquistando otras zonas en busca de nuevos aprendizajes.

Si eres de los que se resisten a quitarse el pijama, quizá puedas preguntarte qué crees que conseguirías si salieras fuera y qué necesitas para dar ese paso.

No lo dudes: aunque estés cómodo donde estás, puedes ser y tener más. Si te atreves a salir de tu zona encontrarás caminos con los que disfrutarás y aprenderás.

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El plan B de la innovación

Quiero compartir un escrito de Giselle Della Mea que hace una reflexión sobre la responsabilidad de las empresas, la que deberían tener con el ser humano, con la sociedad, con el planeta. No se trata sólo de crear un departamento llamado Responsabilidad Social Corporativa sino de crear la empresa con esa conciencia social.

http://www.sintetia.com/el-plan-b-de-la-innovacion/

Nico el Emprendedor

Estoy absolutamente convencida de que las habilidades, actitudes y conocimientos que componen el talento emprendedor se empiezan a cultivar cuando se es niño. Y que, en esa etapa, el papel del adulto es esencial. Por eso llevo soy autora en un proyecto de cuentos infantiles titulado Nico el Emprendedor en el que, a través de cada cuento, se transmite un valor necesario para “emprender” en la vida. Cada cuento incluye, al final, una guía destinada para padres y educadores con la finalidad de que les ayude a extraer los aprendizajes del relato y puedan aplicarlos en su vida diaria.

El primero de los cuentos que esperamos publicar en digital en breve se titula “Sí Puedo!” y está ilustrado por Mario Pereda y prologado por José Antonio Marina, experto internacional en educación y emprendimiento.

Si quieres conocer más acerca del proyecto y cuestiones relacionadas con el emprendimiento en niños, puedes hacerlo en esta página de Facebook dedicada a Nico el Emprendedor:

https://www.facebook.com/pages/Nico-el-Emprendedor/1374302446171006

La Roja por la puerta de atrás. Mal ejemplo para los emprendedores

Ayer aterrizó en Madrid el avión que traía de vuelta a los jugadores de La Roja tras su participación en el Mundial de futbol de Brasil. En el aeropuerto se dieron cita un grupo de incondicionales aficionados vestidos con las camisetas de la selección nacional, con banderas de España, abalorios diversos con los colores rojo y amarillo y, sobre todo, pancartas con palabras de ánimo y apoyo.

La finalidad de esas personas -según manifestaron ellas mismas en diversos medios de comunicación- era, de un lado, demostrar que pese a la decepción que se habían llevado por los malos resultados cosechados en el evento deportivo, seguían apoyándoles y confiando en que más adelante llegarían resultados más positivos. De otro lado, su presencia en el aeropuerto implicaba un reconocimiento a todas las satisfacciones que, en otras competiciones, esa selección había sido capaz de darles.

No obstante, la selección española optó por no tomar la salida principal sino dejar el aeropuerto por la salida de atrás dando, de esta manera, esquinazo a esos seguidores.

En este punto, quien haya llegado a este blog que trata sobre el emprendimiento se puede estar preguntando, ¿y qué tiene que ver esto con emprender? Pues deja que te conteste: mucho. Y se puede resumir en una de las frases que comentó una de las aficionadas que había acudido al aeropuerto con su hijo: “En la vida, unas veces se pierde y otras se gana. Y cuando se pierde es cuando hay que seguir demostrando apoyo”.

Ya he dicho en otras ocasiones que emprender es mucho más que crear empresas, es enfrentarse a la vida (opinión que comparto con José Antonio Marina) y el mensaje que ayer dieron todos aquellos que decidieron salir por la puerta de atrás fue que ante el fracaso, uno debe sentirse avergonzado, bajar la cabeza y esconderse. En mi opinión, muy mal ejemplo para quien se atreve a hacer cosas, que se la “juega” y que, pese a eso, no consigue sus metas. Esa persona debe levantar la cabeza, asumir su responsabilidad y dejar un ratito de lado su dolor y egoísmo para recibir la generosidad en forma de afecto y apoyo de quien reconoce su trabajo, aun cuando éste no ha sido el esperado. Así podrá crecer como profesional y como persona.

La relevancia mediática de todos esos jugadores y equipo técnico es enorme, por eso lamento de verdad que, con su ejemplo, no hayan demostrado que a la derrota se le da la cara porque nos trae un aprendizaje. Y a quienes confían en nosotros también, porque nos ayudan a ser mejores.

Mea Culpa

En mi opinión, la asunción de responsabilidad es esencial en la vida de aquella persona que quiere ser emprendedora. Y básicamente lo es porque quien nunca es responsable de nada, se considera víctima de todo y cree que es imposible que las cosas sean distintas porque no dependen de su persona.

Me he encontrado con un elevado número de personas que creen que merecen otra cosa (mejor, por supuesto) y que esperan que el devenir de los acontecimientos (cambio de políticos, avances en la sociedad, subida de sueldo, que los niños crezcan…) les ofrezca, por fin, lo que tanto anhelan.

Pero todavía me sorprende más darme cuenta de que su única actividad, en este sentido, consiste en esperar. Ya es bien sabio el refranero al decir “quien espera, desespera”.
Y, entre tanto desespero, es lógico que aparezcan la impaciencia, la frustración, la angustia, el estrés…

Creo que el origen de tales comportamientos se encuentra en la infancia y en cómo se educa el valor de la responsabilidad. La responsabilidad en un niño va mucho más allá de enseñarle a ordenar su habitación, inculcarle hacer los deberes o recoger sus juguetes. La responsabilidad tiene que ver con mostrarle que debe ser “directamente responsable” de las consecuencias de sus actos.

Me vienen a la cabeza dos acontecimientos que viví en tercera persona y que me llevaron a concluir la afirmación anterior.

El primero de ellos sucedió el día en que vi cómo un niño, de alrededor de 2 años de edad, corriendo por entre las mesas de un concurrido restaurante, a punto de alcanzar la mesa de sus padres, tropezó y se golpeó con la mesa. La madre, auxiliadora, corrió a calmarle ante los gritos desgarradores del niño. Lo cierto es que lo consiguió con sorprendente rapidez. Y lo que hizo esa madre a continuación fue decir “mesa mala, mesa mala” mientras golpeaba la mesa y sonreía a su hijo.

No alcanzo a ver qué responsabilidad debía tener la mesa en la caída. En mi opinión ninguna, desde luego. El niño sonrió también, quizá porque se sentía liberado… él no había tenido la culpa de caerse, era de la mesa. Ése es el aprendizaje que le estaba enseñando su madre. Por tanto, desde ya, ese niño estaba aprendiendo que la responsabilidad se encontraba fuera de él. Si, en lugar de eso, el adulto le hubiera pedido más cuidado haciéndole ver que la caída era consecuencia de su prisa y por correr, en ese momento, seguro que no habría cambiado nada pero en el futuro de ese niño como adulto, presiento que las cosas serían radicalmente distintas.

La otra experiencia aconteció en casa de unos familiares. Un par de hermanos, de 4 años el niño y 8 la niña, estaban jugando en presencia del padre y los abuelos. La niña agarró una canica y se la lanzó al hermano que, al poco de recibir el golpe en la cabeza, empiezó a mostrarnos un chichón de medidas considerables. La hermana se quedó parada, callada, con cara de circunstancias porque imagino que sabía la enorme bronca que le iba a llegar a continuación. No se equivocaba. El padre la amonestó con contundencia durante un buen rato. Entretanto, le pidió a su madre (o sea, la abuela de la niña) que trajese hielo para disminuir el chichón del niño. Mientras la abuela intentaba reparar, en la medida de lo posible, el daño causado por la hermana, ésta seguía recibiendo una buena reprimenda.

Enseñanza: si haces mal las cosas y eres culpable del daño, recibirás una bronca… sin embargo, otros (la abuela) se encargarán de repararlas. ¿No creéis que si el padre hubiera, más allá de recriminar el comportamiento de su hija, dejado que fuera la propia niña quien le pusiera el hielo al hermano, le estaría enseñando también que debe responsabilizarse de lo que ha hecho?

Éstos son sólo dos de los muchos casos que percibo a diario. Por tanto, si de pequeños muchos hemos recibido esta educación y de adultos no hemos sabido o podido todavía darnos cuenta de ello, no me sorprende que de mayores creamos que nuestras responsabilidades básicas son ir a trabajar, cumplir horarios, criar a nuestros hijos y reciclar (entre otras por supuesto) y no otras que tienen una repercusión mucho más vital en lo que nos sucede.

La felicidad del emprendedor

Llevaba tiempo con ganas de escribir este post por la importancia que creo que tiene un tema como éste y, si bien me rondaba desde hacía meses por la cabeza, he tardado en encontrar el momento de ponerme delante de las teclas…

Mi interés por la felicidad del emprendedor aumentó el día en que, sentada en el sofá, viendo un programa en la televisión pública española dedicado a poner en competición a los emprendedores para conseguir el beneplácito de los inversores, me sorprendieron las declaraciones de una de las “concursantes emprendedoras”. He visionado de nuevo el programa en Internet así que las palabras que pronunció esta emprendedora son tal cual las copio a continuación: “Me gustaría que mi hijo tuviera un estilo de vida totalmente diferente al mío. Me gustaría que mi hijo fuera feliz. Yo sé que nunca voy a ser feliz. Voy a hipotecar mi vida, la de mi marido, la de mi hijo 5 años y luego los voy a exprimir al máximo”.

Wow!! ¿qué te hace sentir una persona que reconoce que no es feliz, que habla de hipotecar su vida y la de sus seres más queridos durante 5 años? Me pregunto qué le mueve a esta mujer en la vida para aplazar lo mejor que ésta nos ofrece que es la felicidad y cómo piensa recuperar lo que no va a vivir con su hijo desde los 5 hasta los 10 años.

No sólo el contenido sino también la convicción con las que fueron pronunciadas no me dejaron indiferente. Me provocaron, sobre todo, mucha tristeza por ver la oportunidad de ser feliz desperdiciada y, especialmente, por estar dispuesta a sacrificar la de tu hijo.

No obstante, todavía hay algo más grave que me dejó atónita: que nadie, absolutamente nadie de los que formaban parte de ese programa diera la voz de alarma y sugiriera un alto en el camino para analizar qué estaba pasando, si era necesario ese estilo de vida y si, más allá de ser necesario, era sano. Por el contrario, el programa continuó su recorrido y, en lugar de ofrecer un espacio a esa mujer que tanta paz y reflexión requería, le enseñaron a construir un buen elevator pitch. De nuevo una muestra más de que los conocimientos “hard” están sobrevalorados y, en cambio, otros considerados más “soft” como la inteligencia emocional, se infravaloran.

En nuestra sociedad estamos acostumbrados a medir el éxito por lo que se ve. En el caso de un emprendedor valoramos que haya puesto en marcha la empresa, que haya contratado personal, que disponga de un buen local, que tenga clientes… pero, ¿qué valor le damos a que consiga ser feliz?

Es evidente que si tú no eres feliz, es imposible que consigas que los de tu alrededor lo sean. En el caso de esta mujer, que hablaba de hipotecar no sólo su propia felicidad sino también la de su marido y la de su hijo, también salpicaba a sus padres que reconocían estar preocupados por ella y por ver cómo ésta trataba a su nieto “como un paquete que lleva de aquí para allá”, a sus amigos y, cómo, no ¡¡a sus trabajadores!! Éstos, entre dientes, hablaban de su dureza, de su exigencia… Normal. Quien no es feliz no va a procurar que los que están a su lado lo sean.

Sorprende cuando vemos lugares de este mundo en que las personas apenas tienen lo básico para vivir y, sin embargo, se reconocen abiertamente felices.

¿Qué nos lleva entonces a poner por encima de todo lo material? ¿Qué modelo de sociedad queremos construir como emprendedores? ¿qué ejemplo estamos dispuestos a transmitir? ¿para qué estamos en esta vida sino es para ser felices?

Cada uno elige su estilo de vida y forma parte del mío respetar las opiniones y deseos del otro, sin embargo, si tuviera a esa mujer delante me atrevería a preguntarle: ¿para qué quieres sacar una empresa adelante si no te hace feliz?

Precisamente el emprendedor es perseverante, fuerte, apasionado, resiliente… porque es feliz haciendo lo que hace y cree que puede contribuir al bienestar y felicidad de otros. De otro modo, ¿qué interés tiene que sigas haciendo lo que haces?

Cuando el reconocimiento es un arma de doble filo

¿A quién no le gusta que le digan “lo has hecho muy bien” o “eres un crack” o “gracias a ti hemos alcanzado el éxito”? Son frases que otros nos regalan y que implican un reconocimiento hacia nuestro trabajo, capacidad o manera de ser. El efecto positivo es inmediato: satisface la intrínseca necesidad de todo ser humano de elevar su autoestima. Además, y como emprendedores, recibir esta clase de aliento de quienes nos rodean, nos motiva a seguir impulsando nuestros proyectos.

Hasta hace muy poco, conocía tres modalidades de reconocimiento que daba como válidas y aplicaba en mi vida profesional y personal.

La primera empezaba con la frase “quiero felicitarte por haber hecho…” seguida de la acción que quisiera reconocer. Con esto expresaba mi enhorabuena orientada a un determinado comportamiento.

La segunda decía “quiero felicitarte por tu capacidad para…” y añadía cuál era esa capacidad reconocida. En este caso, la orientación del reconocimiento se dirigía a la habilidad o talento de la persona.

Y la tercera modalidad de reconocimiento la iniciaba con el enunciado “quiero felicitarte por ser…” al que incorporaba qué cualidades de su ser consideraba merecedoras de mi reconocimiento.

Entendía que el impacto que generaba el reconocimiento en la persona era superior cuanto más lo dirigiese a su ser y no a una determinada acción.

Sin embargo y a raíz de la lectura del libro “Comunicación no violenta” del autor Marshall B. Rosenberg, que resultó muy revelador, he descubierto el peligro que entraña cierto tipo de expresión del reconocimiento, especialmente el orientado a la habilidad y al ser de la persona.

Esos reconocimientos, excepto el que se dirige a reconocer una acción específica, implican un juicio de quien los emite respecto de la persona que los recibe. Si bien ese juicio, al resaltar cualidades positivas, tiene un efecto también positivo, no por ello deja de ser un juicio que hacemos sobre otro (“yo pienso que tú eres…”, “yo creo que tú tienes capacidad para…”). En cuanto el sentido del juicio deje de centrarse en lo positivo para hacerlo sobre lo negativo, el efecto será entonces demoledor porque también le daremos validez al haber desplazado lo que opinamos sobre nosotros mismos del yo al otro.

El emprendedor es una persona que habitualmente siente que está sometida a muchísimas evaluaciones: la suya propia, la de sus socios, equipo de trabajo, inversores, proveedores… y que, a la vez, evalúa al resto. Por eso me parece especialmente interesante, a la par que contribuirá a su propio desarrollo y al de su negocio, el saber dar y recibir reconocimiento.

Siguiendo la teoría del autor Rosenberg, tanto para cuando demos como para cuando recibamos reconocimiento, convendría prestar atención a estos 3 elementos:

1. las acciones que contribuyeron a nuestro bienestar;
2. nuestras necesidades específicas que quedaron satisfechas;
3. los sentimientos placenteros que son el resultado de la satisfacción de dichas necesidades.

Traduciendo esto en el ejemplo de la frase que he utilizado al inicio “eres un crack”, si de verdad queremos aprender algo de lo que esconde ese reconocimiento más allá de satisfacer nuestro ego y aumentar nuestra autoestima, sería interesante que averiguásemos:

1. cuál fue esa acción que te llevó a pensar que yo era un crack;
2. a raíz de lo que hice, qué necesidad tuya satisfice… (te ahorré trabajo, te di beneficios, te hice salir en la portada de un periódico…)
3. qué sentimiento generó esa satisfacción (alivio, fortaleza, admiración…)

De esta manera algo tan general como el juicio sobre mi persona de que soy un crack se concreta en algo mucho más específico que me permite no regocijarme en el halago sino aprender y conectar con quien me reconoce. Y lo más interesante es que funciona igual si el juicio comporta negatividad. En lugar de tomar por válido el juicio de otro creyéndome que “eres un desastre”, sepamos qué acción concreta le llevó a pensar de tal manera, qué necesidad suya no quedó satisfecha por esa acción y qué sentimiento que no le es cómodo le apareció. Si aplicáis estos 3 elementos veréis cómo ganaréis fortaleza.

Y ya por último, apliquémoslos también para aquellos a quienes queramos reconocer. El funcionamiento es exactamente el mismo y los efectos son extraordinariamente positivos al proporcionarle a esa persona información sobre qué hizo que nos ayudó a satisfacer una determinada necesidad que teníamos y cómo nos hizo sentir.